El diezmo es considerado una parte sagrada que pertenece exclusivamente a Dios. Esta práctica se basa en enseñanzas bíblicas como las de Levítico 27:30 y Malaquías 3:10, donde se instruye a los creyentes a devolver el diez por ciento de sus ingresos como muestra de fidelidad y obediencia.

 

Las ofrendas, en cambio, son completamente voluntarias y nacen del corazón agradecido del creyente. No tienen un porcentaje fijo, y cada persona da según sus posibilidades y motivaciones personales.

 

A diferencia del diezmo, las ofrendas sí se quedan en la iglesia local y se utilizan para cubrir gastos como el mantenimiento del edificio, programas comunitarios, materiales para la escuela sabática, ayuda a familias necesitadas y proyectos misioneros locales y mundiales.

 

Tanto el diezmo como la ofrenda forman parte de lo que llamamos “mayordomía cristiana”. Esta idea reconoce que todo lo que uno tiene proviene de Dios, y al devolver una parte, se demuestra gratitud, compromiso y deseo de colaborar en la misión de compartir el evangelio.

 

Aunque el diezmo es una obligación espiritual y la ofrenda es voluntaria, ambos se valoran profundamente como expresiones de amor y fidelidad hacia Dios.